A la Voz del Buen Pastor...



Durante estos días he estado meditando e intentando estar en silencio para escuchar aquello que Dios anhela que pueda escuchar, como el silbido de Su voz escrito en Mis Letras. Esta será una serie de reflexiones que involucran al Buen Pastor, al pastor y las ovejas. Hoy daremos énfasis a las ovejas.

Son muchas las veces que en la Sagrada Escritura se nos compara a nosotros los seres humanos con las ovejas. Como la mayoría de las personas vivimos en ciudades, el comportamiento de la oveja nos resulta prácticamente desconocido, salvo por lo que hayamos podido ver en alguna película o en algún documental. Ciertamente éste era un animal que abundaba en toda la zona habitada por el pueblo hebreo. Por lo que para ellos era fácil comprender la comparación; mas no así para muchos de nosotros. Es interesante adentrarse en ciertos detalles sobre este dulce animal, para ver cuánto nos quiere decir el Señor al compararnos una y otra vez con las ovejas y al definirse El como el “Buen Pastor”.

La oveja es un animal frágil. Se ve ¡tan gordita!, pero al esquilarla, o sea, al quitarle la lana, queda delgadita y se le nota entonces toda su fragilidad. Es, además, un animal dependiente, no se vale por sí sola: depende totalmente de su pastor. Por cierto, no de cualquier pastor, sino de “su” pastor.

Sus patitas son débiles y poco flexibles. Si se queda ensartada en una cerca o en una zarza, no puede salirse por sí sola: necesita que el pastor la rescate. Si se lastima o se hiere, necesita el cuidado del pastor; porque además tienen la mala costumbre de darse por vencidas rápidamente y dejarse morir. La oveja anda en rebaño, no puede andar sola. Si llegara a quedarse sola, no es capaz de defenderse: es fácil presa del lobo o de otros animales feroces. Su dependencia del pastor la hace ser obediente y atenta a la voz y a la dirección de “su” pastor. No obedece la voz de cualquier pastor, sino que atiende sólo a la del suyo. El pastor las lleva a veces a pastar guiándolas con una vara alta, llamada cayado, y a veces las reúne en un espacio cercado, llamado redil o aprisco.

¿Qué nos quiere decir el Señor al compararnos con las ovejas? Y ¿qué nos quiere decir al definirse El como el “Buen Pastor” ? El Señor nos dice que El es el mejor de los pastores, pues El da la vida, como de hecho la dio, por sus ovejas. Y sus ovejas lo conocen y escuchan su voz. Nos dice también que El conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, y las ovejas reconocen su voz (Juan. 10:1-10).

Nosotros, ovejas del Señor, somos también frágiles, aunque nos creemos muy fuertes y muy capaces. Somos, también, dependientes del Señor y, cual ovejas, tampoco nos valemos por nosotros mismos, aunque, engañados, podamos pasarnos toda nuestra vida, tratando de ser independientes de Dios, tratando de valernos por nosotros mismos. Si nos enredamos en nuestra vida espiritual, necesitamos de nuestro Pastor y El nos rescata y nos coloca sobre su hombro, igual que a la oveja perdida, para llevarnos al redil (Lucas 15:4). No podemos andar solos, “como ovejas descarriadas”

(1 Pedro 2:25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho. Reconociéndonos dependientes, podemos ser totalmente obedientes a la Voz y a la Voluntad de nuestro Pastor. No debemos obedecer la voz de ladrones de ovejas, que saltan por un lado del redil y simulan ser pastores para llevarse a las ovejas. Y confiamos tanto en nuestro Pastor que, aunque pasemos por valles oscuros, nada tememos, porque El va con nosotros; su vara y su cayado nos dan seguridad; nos hace reposar en verdes praderas y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reparar nuestras fuerzas.

Por todo esto, podemos entonar y repetir la primera frase de ese Salmo favorito de muchos cristianos: “El Señor es mi Pastor, nada me falta” (Salmo 23:1).

¿Lo entiendes ahora? ¿Lo crees? No te sueltes de la mano, ni te alejes del redil del Buen Pastor.

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