Madre: Tu Huella te Delata



Ninguna madre puede impedir dejar una huella en sus hijos, por eso en ti mamá, está elegir dejar una buena huella. Cada semilla que siembres hoy en tus hijos seguirán creciendo en ellos a lo largo de su vida y también sin dudar en la de tus nietos. Desde que nacen sus vidas serán expuestas a toda clase de maldad en este mundo; cada minuto cuenta y es propicio para dejar las mejores huellas en ellos.

Cuentan las sagradas escrituras un hecho sin precedentes en 1 Reyes 3:16-28 que dos mujeres rameras habían tenido hijo cada una, con tres días de diferencia, una de ellas no tuvo cuidado y durmiendo con el bebe se acostó sobre él y lo mato (v.19), esta rápidamente cambio su hijo muerto por el hijo vivo de la otra mujer. Al despertar en la mañana la mujer de quien era el hijo que estaba vivo se dio cuenta que el niño muerto no era su hijo, cosa que la otra mujer responsable de la muerte no quiso aceptar, por ello fueron llevadas delante de Salomón para que fungiera como juez de esta disputa. Salomón escucho la defensa de la verdadera madre, pero la impostora no daba su brazo a torcer y peleaba por la potestad del niño vivo el cual no era su hijo. Salomón dijo: ¡Traedme una espada y partid al niño! v. 24-25

El objetivo de estas palabras, de apariencia irracional, era tan solo para que la verdad emergiera por sí sola, esperando con ello provocar que fluyeran los sentimientos de amor que liga a toda madre a su hijo.

Entonces la mujer de quien era el hijo vivo, habló al rey (porque sus entrañas se le conmovieron por su hijo), y dijo: ¡Ah, señor mío! dad a ésta el niño vivo, y no lo matéis. Mas la otra dijo: Ni a mí ni a ti; partidlo”.

1 Reyes 3:26

¿Hasta qué punto una madre puede resistir que la vida de su hijo peligre? Me llama la atención el versículo 26, más que todo la parte que dice: “sus entrañas se le conmovieron por su hijo”.

Esa mujer no pudo resistir el hecho de pensar que su hijo podía morir. Estaba justamente la decisión final en la expresión de las palabras de aquella madre. Y ella decidió: ¡Ah, señor mío! dad a ésta el niño vivo, y no lo matéis. Mas la otra dijo: Ni a mí ni a ti; partidlo. Ella prefirió dejar que la otra mujer impostora tomara potestad de su hijo, antes de verlo muerto, fue ahí en donde Salomón descubrió a la verdadera madre. El amor por su hijo la delató.

Definitivamente una madre no puede ver sufrir a su hijo, verle expuesto a la maldad y quedarse como si nada, ver a un hijo sufrir es como sufrir por sí misma y es porque Dios ha dotado a las madres con un amor que se asemeja a su amor por nosotros, claro está que el amor de Dios sobrepasa todo entendimiento, pero personalmente pienso que el amor de una madre es el que más se asemeja al amor que Dios tiene por nosotros.

Muchas madres hoy pueden estar atravesando dificultades con sus hijos, en cualquier caso la decisión de amar siempre será la mejor decisión, el amor de Dios derramado en el corazón de una madre es una huella incalculable. Y donde hay amor, la verdad y justicia de Dios será revelada.

Así mismo Pablo vio en Timoteo la cosecha que iba a producir para Cristo; pero también que ese fruto tenía su origen en la raíz: una madre y una abuela cristianas. La fe en Timoteo las delató. Pablo habló de la fe no fingida que había en Timoteo, una fe que no era hipócrita, fluctuante o liviana; la que había habitado primero en su abuela Loida, luego en su madre Eunice y ahora podía verse en la vida de Timoteo (2 Timoteo 1:5).

Esa fe tiene que verse reflejada primero en nosotros para que nuestros hijos la vean. En un mundo donde muchos se pasan por cristianos sin serlo, la fe genuina brilla como una antorcha en las oscuras noches de tus hijos. Y esa luz auténtica los atraerá como un imán.

La madre y la abuela de Timoteo plantaron las Escrituras en el terreno fértil del corazón del joven antes que la cultura del entorno lo arrebatara. Aún Pablo le recuerda al joven “desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras (2 Timoteo 3:15).

Tome en cuenta que en ambas escrituras son mujeres solas criando a sus hijos, sin la ayuda de un hombre. Esto debería hoy servir de aliento a todas esas madres solteras, divorciadas, viudas y aún aquellas con esposos inconversos. Es posible dejar huellas de amor y de fe en la vida de tus hijos y nietos. Tu decides y... ¡Dios te ayudará!

Nunca olvidaré esos detalles que mi mamá tuvo conmigo, las veces que me tomó en sus brazos y las veces que me consoló con sus palabras y abrazos. Cuando mami dice “todo va a estar bien” es como si Dios mismo nos hablara. Sentimos una paz y una seguridad que no podemos describir. Así son las mamás; tan especiales, todos tenemos algo que contar de nuestras madres. Todos tenemos una huella de Mamá en nosotros.

Las madres son un regalo de Dios, amémoslas, comprendámoslas, valorémoslas, bendigámoslas y sobre todo aprendamos a disfrutar de su amor incomparable.

¡Feliz Día de las Madres!

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