Dejando a Dios, ser Dios...



Luego de haber estado varios días en consagración junto a la Iglesia Tabernáculo de Evangelización; inevitablemente debemos volver a otras tantas responsabilidades, entre ellas el ser ama de casa y tomando en cuenta que también llevo varios días en espera de una pieza para poder arreglar mi lavadora, pues no me quedó de otra que dar una visita al “Laundromat” para poner al día la limpieza de la ropa. Es allí donde tengo una linda experiencia, es que nuestro Dios es detallista y tenía un regalo reservadito para mí; así sin que tenga que haber ninguna celebración especial, Dios nos sorprende con sus regalos. Y una hermana que encontré allí me obsequió una linda cartera nueva y de marca. Sé que para muchos estas cosas pueden parecer vanidad o quizás orgullo, pero en realidad no hay nada de eso. Yo nunca había tenido una cartera de marca y Dios quiso obsequiármela.

En fin meditaba en este asunto y pensaba en el simple hecho de que muchos anhelan tener ciertas cosas de marcas distinguidas por la sencilla razón de que la mayoría las tiene. Y es así como muchas personas hacen cuantos ajustes sean posibles en sus finanzas para tener las cosas de tendencia, de modas y marcas. Y otras, con mentalidades de comercialización hacen réplicas exactas de éstas para engañar a quienes están en esta desesperación por tener lo último sin importar el costo. Sobre la terrible necesidad “del montón” es la voz de Dios que hoy comparto en Mis Letras.

Vivimos un tiempo muy difícil en muchos aspectos, pero quiero centrarme en el hecho de los tantos y tantos que viven el día a día en la crisis “del montón”. Es el hecho de querer hacer lo que los demás hacen y querer tener lo que los demás tienen. Es algo así como la envidia disfrazada. Es ese punto al que muchos llegan sin importar el costo.

Me trajo a mi mente el Señor al pueblo de Israel quienes intentando justificar el deseo “del montón” en sus corazones, culparon a los hijos del profeta Samuel por haberse desviado del camino y a él mismo por su vejez para pedir que se les diera a un rey que les gobernara y juzgara, como lo tenían las demás naciones. (1 Samuel 8:5) Pero luego de que el profeta oró al Señor disgustado por lo que el pueblo quería, Jehová responde la oración: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan: porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. (1 Samuel 8:7)

¿Hasta donde a veces somos capaces de llegar por querer lo que otros tienen? ¿Estaremos desechando a Dios con nuestras acciones y actitudes? Cada vez que damos un paso adelante en pedir, antes de esperar la provisión de Dios podemos estar desechándolo, cada vez que comienzas a cantar, predicar o hacer cualquier otra cosa como lo hacen los demás, sin esperar que sea Dios quien te confirme si esa es su voluntad; es probable que estés desechando a Dios, cada vez que llamas o te contactas con gente para que se abran puertas; puedes estar desechando la voluntad de Dios. Creo que a veces perdemos el norte sólo porque todos lo hacen así, es la tendencia, es lo último y yo lo quiero o quiero hacer lo mismo y podemos caer en la red “del montón”, pero muy pocas veces pensamos en las consecuencias de no dejar a Dios, ser Dios en nuestras vidas. Igualmente nos justificamos con decir: “Eso no es malo porque todos lo hacen, o no es malo porque todos lo tienen”

Las consecuencias para el pueblo de Israel fueron las siguientes: Dijo, pues: Así hará el rey que reinará sobre vosotros: tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que corran delante de su carro; y nombrará para sí jefes de miles y jefes de cincuentenas; los pondrá asimismo a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras. Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus siervos. Tomará vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestros rebaños, y seréis sus siervos. Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas Jehová no os responderá en aquel día. (1 Samuel 8:11-18)

No sólo a Dios le molesta la falta de originalidad, el hecho de que no podamos hacer la diferencia, sino que no nos agrade lo que Él mismo, de su propia voluntad y de su mano desea para nosotros. Israel hacía la diferencia entre las demás naciones; Dios les gobernaba, porque así Dios lo quería. Eso era un genuino regalo de Dios para ellos.

Dejemos que cada cosa que llegue a nuestras vidas, ministerios o familia, venga como un regalo de la mano de Dios y no por capricho, por envidia o presunción. Yo no le pedí a Dios el regalo que recibí esta mañana, y aunque quizás tuve la oportunidad de tener una, nunca lo busqué; pero Dios de su propia mano, como todo lo demás en mi vida, me lo obsequió.

¡Dejemos a Dios, ser Dios! ¡Deja que te sorprenda con sus regalos!

#ReflexiónDejandoaDiosserDios #1Samuel87

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