El Sustento de Dios



Durante muchos años, me dediqué al oficio de enfermería. Fue algo que estudie con mucho ánimo y que disfrute hacer mientras así Dios me lo permitió. Luego a mi Dios le plació me dedicara de lleno al ministerio, pero realmente tengo en mi memoria algunas experiencias difíciles de olvidar.

Una de las enfermedades que siempre he considerado como muy dura de sobrellevar, no sólo para el enfermo, sino también para sus familiares es el Alzheimer. Esta es una enfermedad mental progresiva que se caracteriza por una degeneración de las células nerviosas del cerebro y una disminución de la masa cerebral; las manifestaciones básicas son la pérdida de memoria, la desorientación temporal y espacial y el deterioro intelectual y personal.

Cuando está enfermedad llega, parece deteriorar no sólo los cuerpos, sino también las vidas. Para aquellos que batallan contra esta enfermedad y a sus familiares va la Voz de Dios que hoy comparto en Mis Letras.

Les comparto esta historia. Eloísa es una hermosa ancianita de ochenta y dos años y vive en un asilo de ancianos. Está en una fase avanzada de la enfermedad de Alzheimer. Aun recuerda cómo se llama, pero con frecuencia no reconoce a su nieta. Es amable y tierna con todas las enfermeras y tiene un efecto especial en ellas, aunque cada mañana, cuando se presentan en su cuarto, no se acuerda de quiénes son.

A las enfermeras les resulta fácil tener paciencia con ella, lo que no sucede con otros enfermos de Alzheimer que a veces son testarudos y cascarrabias. Eloísa ha perdido la memoria y está casi siempre sola. A pesar de todo, es feliz, porque mira por la ventana de su cuarto desde donde puede contemplar un hermoso árbol.

Hasta hace unos años Eloísa era una pintora de gran talento. La mayoría de sus cuadros eran paisajes. Una de sus especialidades eran los árboles, y tenía un don extraordinario. Ahora se le da un lápiz y solo hace rayas como una niña de dos años. Es posible que esas rayas representen para ella troncos y ramas de árboles.

Yo, al igual que Eloisa comparto ese gusto por la naturaleza y el arte. Amo el campo, porque con frecuencia disfrute de los campos de los pueblos de Comerío, Cidra, Rincón, Cayey, entre otros de mi Isla Puerto Rico cuando iba a casa de algunos familiares y conocidos de mis padres. Siempre he admirado la creación artística de Dios.

Un día escuché a alguien decir que la copa de los arboles era un reflejo de sus raíces subterráneas. Si un árbol era hermoso eso implicaba que sus raíces estaban sanas.

Con frecuencia he pensado en el parecido entre los árboles y nuestra vida. Pasamos por etapas semejantes a las estaciones: tenemos un radiante inicio, como los tiernos brotes de color verde pálido que asoman en la primavera; épocas de florecimiento, como los frondosos y exuberantes árboles que se aprecian en verano; temporadas de esplendor, como el otoño en que las hojas adquieren vistosas tonalidades; y momentos sombríos como el invierno, con la peculiar belleza de las ramas y donde cae nieve es más notable. Después vuelve la primavera y renace la vida.

Nosotros también necesitamos raíces invisibles en el ámbito espiritual. Nuestra conexión con Dios es lo que nos nutre y nos ayuda a dar fruto. Él nos alimenta en la temporada de verdor, crecimiento y fructificación; nos ayuda a aceptar la pérdida de hojas en el otoño y nos mantiene con vida en los interminables inviernos para que en primavera echemos milagrosamente brotes nuevos. Cuando tenemos el espíritu firmemente enraizado en Dios, y Él nos sustenta con Su Palabra, las ramas de nuestra vida lo denotan.

Por eso comprendo a Eloísa. Ella ha disfrutado de una vida plena, llena de amor y de fruto, y de una estrecha relación con Dios a través de Jesús. Creo que por eso se siente feliz sentada ante la ventana y sonriendole al árbol. Espera la eterna primavera. A medida que la memoria se le va apagando y va perdiendo la capacidad de comunicarse, su fe y su amor profundamente arraigados en Dios, la sustentan.

Hoy es un buen día para meditar en ese sustento de Dios. Cuando observes la mirada perdida de ese ser querido, toma como consuelo que Dios le sustenta y deja que su presencia también te sustente a ti. Recibe las fuerzas del Creador de tan maravillosa naturaleza de la vida y ámala aún cuando no sea visible una primavera.

Hoy te regalo estos tres versos que de seguro serán de bendición a tu vida.

2 Corintios 4:16 (NVI) Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día.

Salmos 71:18 (NVI) Aun cuando sea yo anciano y peine canas, no me abandones, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a la generación venidera, y dé a conocer tus proezas a los que aún no han nacido.

Salmos 71:9 (NVI) No me rechaces cuando llegue a viejo; no me abandones cuando me falten las fuerzas.

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