¡Tormenta!


Cuando hay un huracán los noticieros cubren los desastres que ocasionó: las inundaciones, la destrucción de inmuebles y las pérdidas monetarias, pero nunca mencionan sus múltiples beneficios. Por ejemplo, que nutren a las tierras desesperadas por agua y acaban con las sequías, que equilibran la temperatura entre los polos y el ecuador o que provocan que las esporas y semillas se muevan tierra adentro, logrando que la vida silvestre florezca. Los beneficios se ven solo después de la tormenta.

En el libro de Hechos 27:7-38 leemos que cuando Pablo fue enviado a Italia hubo una parte del recorrido donde se embarcó en un lugar llamado Buenos Puertos, en Creta. Antes de zarpar, advirtió a los marineros del peligro de navegar porque era invierno, pero nadie le hizo caso, así que partieron y poco después los sorprendió la tormenta en la que perdieron la esperanza de salvarse. Tomaron una decisión basándose en un día tranquilo, sin considerar la estación, y por eso casi mueren.

Luego les dijo que mejor hubiera sido que lo escucharan, pero como el hubiera no sirve de nada excepto para recordar un mal pasado, pronto dejó de reprocharles y más bien procuró reanimarlos, asegurándoles que un ángel le había dicho que todos llegarían con bien a Roma para comparecer ante el César. Él sabía que no podían morir porque el Señor había declarado que todos llegarían a puerto seguro cuando pasara la tormenta.

Es cierto que cualquiera perdería la esperanza de sobrevivir al quedarse sin sentido de orientación, sin brújula y sin saber qué hacer o qué dirección tomar, pero tampoco logras nada con reclamarle a otros o lamentarte, así que enfócate en las soluciones. Aunque no siempre se salvará todo, una buena actitud podría salvar lo más importante. Seguramente la embarcación donde viajaba Pablo se iba a dañar, pero al menos llegarían con vida.

Además, muchas veces la mejor forma de actuar es dando el ejemplo. El apóstol dio gracias a Dios en medio de la tormenta y con buen ánimo comenzó a comer, y los demás no tardaron en imitarlo. Se dieron cuenta de que el desánimo no ayuda a recuperar nada y más bien podría destruir lo que queda.

Podemos meditar y aceptar las circunstancias que afrontamos, pero nunca debemos culparnos ni culpar a nadie; porque tempestades siempre habrá y vemos que ni siquiera cesaron ante el hijo de Dios. De hecho, en el Nuevo Testamento leemos que hubo una gran tormenta mientras Jesús dormía al fondo de una barca que tripulaban sus discípulos (Marcos 4:35-41). Ellos con mucho temor lo despertaron y Él con una orden apaciguó la tormenta; pero nota que no le hicieron ver que había una tormenta, sino más bien le reclamaron que no tuviera cuidado de ellos y que por eso se iban a hundir. Ahora bien, ¿crees que es lo mismo pedirle ayuda a Jesús que reclamarle para que reaccione ante nuestros problemas? A veces le reclamamos al Señor cuando estamos atormentados y en lugar de ver a un Salvador vemos a un fantasma, o en vez de ver una solución vemos una catástrofe.

Además, nota que, en medio de esa gran tormenta, Jesús dormía profundamente. ¿Esto no te dice algo? A veces lo mejor que podemos hacer cuando estamos en medio de muchos problemas es tomar un descanso. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Si al final, todo ayudará para nuestro bien (Romanos 8:28). Lo mejor es descansar y recordar que en Él podemos confiar, así que pídele a Dios la tranquilidad que necesitas en medio de la tormenta. Nunca estará de más una buena siesta confiando en que Él nos dará paz. ¿Cuántos dicen amén?

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