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La Cruz Guarda Una Corona



"Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame." Mateo 16:24

Para quienes llevan su cruz es la voz de Dios que hoy comparto en Mis Letras.


Todos pasamos por temporadas difíciles. Momentos en los que sentimos que damos más de lo que recibimos, que caminamos en fe pero no vemos nada relacionado con la fe, que oramos, pero la carga sigue ahí. Que a pesar de orar y pedir oración para que todo se solucione pronto, el silencio de Dios aparece, la soledad y el silencio parece prolongarse y la cruz se hace pesada.


El apóstol Pablo, uno de los hombres más usados por Dios en la historia de la humanidad, vivió ese tipo de procesos. En su última carta a Timoteo, desde una celda, escribió con el corazón en la mano: “Demas me abandonó… Crescente se fue… Tito también… Sólo Lucas está conmigo".

¿Te suena familiar?

Personas que comenzaron contigo pero no terminaron, gente que prometió estar, pero en el momento difícil, se fueron. Alguien que insistió en que no te fallaría, y que en la primera oportunidad vendió sus principios por un plato de lentejas.

Pero déjame decirte que el Apóstol Pablo no se amargó, no dejó el ministerio, no renunció al sueño de Dios, no perdió su fe. Pidió a Marcos, porque sabía que aún había un propósito por cumplir. Esto nos enseña que incluso en los momentos más oscuros, Dios sigue escribiendo la historia. Y, tú y yo no estamos llamados a rendirnos, sino a perseverar.


Te recuerdo que José, tampoco llegó al palacio por la túnica que su padre le dio, sino por el proceso al que sus hermanos lo empujaron. Aún en ocasiones, las traiciones son el vehículo que te dirige hacia tu propósito.


También tenemos a Nehemías, cuando supo de la destrucción de Jerusalén, no se hizo el fuerte ni ignoró su dolor. La Biblia dice que se sentó, lloró, ayunó y oró. Él comprendió algo que a veces olvidamos: No está mal llorar, está mal quedarse en el dolor.

Tienes permiso para sentarte y llorar, Dios no se ofende con tus lágrimas. Pero, también tienes un llamado: a levantarte, a ayunar, a orar, y a edificar.


Recuerda esto: La felicidad no tiene tanto que ver con el placer momentáneo, sino con el propósito eterno. La cruz que nos toca cargar guarda una corona que nos será dada llevar. Nadie llevará una corona puesta en el futuro que no cargue con una cruz en su presente.


Dios no te llamó a una vida fácil, te llamó a una vida con sentido. Una vida donde Él, está presente en cada estación, incluso cuando todo lo demás parece ausente.


"Dichoso el que hace frente a la tentación; porque, pasada la prueba, se hace acreedor a la corona de vida, la cual Dios ha prometido dar a quienes lo aman." Santiago 1:12


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